Leyenda Ecuatoriana La Cañada de los Siete Diás II - De Ecuador al Mundo Portal República Ecuador de Compras

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Leyenda ecuatoriana La cañada de los siete dias
II Visitas a la Cañada

Todo niño recién nacido debía permanecer en la cañada por un día entero, con el fin de recibir la sabiduría y conocimiento de sus parientes muertos y a su vez eliminar toda posible mala influencia ejercida por el maligno durante el nacimiento. Después de esta visita el niño disfrutaba de una niñez llena de salud y alegría.


El momento en que el joven estaba en edad de casarse volvería a recibir el concejo de sus ancestros, de manera que el esposo y la esposa podrían brindarse todo su amor, dando a sus hijos un hogar de paz y armonía. Allí debían permanecer por tres días.

Cuando llegaban a la madurez o estaban a punto de morir acudían por última vez. Ya no para recibir consejo, sino para justificar todos los actos de su vida.

Durante estos tres días, el alma abandonaba el cuerpo para entrar en contacto con el alma de sus padres o abuelos a quienes explicaría cada acción de su vida relacionada con ellos, para conseguir su perdón si era el caso.

Este era el primero de siete niveles en los cuales estaba obligado a enfrentar y superar todos los obstáculos y pruebas a que estaba sometido.

En el segundo nivel debía volver a vivir todos los momentos con la persona que más amó. Reafirmando su amor y el deseo de compartir la eternidad.

El tercero era quizás el más fácil ya que se trataba de la persona que sentía más cariño hacía él y aunque lo retaba por sus pecados y errores, no dejaba de palmear su espalda en señal de apoyo.

Reconfortándolo, avivando su esperanza y dándole ánimo su mejor amigo lo acompañaba en el paso por el nivel cuarto. Luego  de pasar entre risas y bromas tendría que salvar el más arduo de todos los retos que tenía.

En el quinto y más difícil enfrentaría al maligno o dioses malignos que se valían de cualquier medio para hacerlo fracasar. En algunas ocasiones estaba representado por su peor enemigo, a quien solo podía vencer demostrando su amor por el prójimo; en otras eran los temores, dudas y fracasos sus rivales, entonces la lucha era consigo mismo.
Para superarlo dependía mucho de la fortaleza y confianza que hubiera adquirido en los niveles anteriores y más que nada de la fe que tuviese en su Señor y Salvador.

Superado esto, ante sus ojos veía la naturaleza en todo su esplendor, debiendo poner en evidencia el amor y respeto por la creación del Ser Supremo.

Si su vida transcurrió sin interesarse por el resto de la creación; ante él un camino sin fin de herradura con espinas por doquier, lluvia incesante y un calor abrazador, animales heridos o en descomposición, plantas marchitas, tierras desérticas y desperdicios por todas partes.

Pero si durante su vida terrenal había amado el medio en que vivió; ante sus ojos se abría un hermoso sendero iluminado por el sol y a medida que avanzaba el cántico de los pájaros lo acompañaba, la suave brisa refrescaba su rostro y con solo extender su mano encontraba alimento y bebida para saciar su sed.
Esto lo llevaría al séptimo y más importante nivel.

Este consistía en la búsqueda de la gracia de Dios, si lo conseguía al morir podría gozar en su presencia.

Si por su debilidad humana no lograba llegar hasta aquí, el alma volvía al cuerpo y al instante de morir vagaría por la cañada, hasta el día en que un recién nacido visitara la cañada. Entonces  rezaba con gran fervor por el niño para conseguir una segunda oportunidad y a su vez ejercer una influencia positiva en el chiquillo.

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